Abrazar, soltar, fluir…

He pasado unos días de bloqueo. Un rollo, un fastidio, lo de siempre: comienza un runrún interior que inquieta, que tambalea algunas bases, como ese por qué del que te hablaba el otro día… Pronto aparecen las dudas, las inseguridades, la niebla empañando el horizonte y, antes de que me pueda dar cuenta, ha estallado un profundo malestar y surgido el bloqueo. 

Si tú también lo has experimentado, sabes bien de lo que te hablo. 

Todo lo anterior viene acompañado (cada emoción en su fase) por frustración, enfado, tristeza… 

Y, lo que quizás sea lo peor, esa incomodísima sensación de parálisis o retroceso, de que todo se detenga una vez más y haya que volver a la casilla de salida.

¡Menudo cuadro!

Lo positivo, lo que vengo hoy a contarte, es que, aunque todo lo anterior responde a los patrones de bloqueo estándares que se repiten una y otra vez, ¡algo ha cambiado! Bueno, algo, no: alguien. Y ese alguien soy yo. 

Porque en medio de esa niebla espesa que se había interpuesto en mi camino, apareció un fogonazo de luz esperanzadora en forma de una palabra, un concepto para la reflexión: compasión.

Compasión en el sentido etimológico de la palabra: sufrir, padecer, con. En este caso, conmigo misma. Y para hacerlo más sencillo me acordé del ejercicio de buscar al niño, a la niña, interior que un día fuimos.

Y no tuve que esforzarme mucho en encontrar a una pequeña de ojos tristes, una pequeña hundida y castigada por esa conversación interior que se había desplegado: severa, autocrítica, colmada de reproches y culpa…  

Una pequeña que se estaba sintiendo inferior, inapropiada, por no estar respondiendo a las altas exigencias, a los patrones rígidos con los que la estaba midiendo.

Una pequeña sometida a presión, machacada e indefensa.

¡Pobre mía! Como para no sentir compasión. Como para no reflexionar sobre la dureza que somos capaces de ejercer sobre nosotros, sobre esa crueldad, a veces, que no dedicaríamos ni a nuestro peor enemigo. 

Por supuesto, lo primero que me surgió fue correr a consolarla con un fuerte abrazo, un abrazo tan amplio y estrecho que, representada en esa niña, abarcaba mi parte más sensible, más frágil, más vulnerable, más débil.

Y, al abrir los brazos para apretar con todo mi cariño y compasión a esa pequeña que fui, se escaparon enormes cantidades de tensión, presión, angustia. 

Toda una experiencia, toda una terapia, de la que saco varias conclusiones claras, que ojalá, si algo de lo que aquí cuento te suena, puedan servirte de inspiración para superar el malestar:

1) El error principal al pretender eliminar un bloqueo es precisamente eso: intentar eliminarlo. Porque luchando por fulminar lo que me molesta, me rompe los esquemas, lo que no deseo… no hago más que engordarlo.

2) Cuando sentimos malestar tan solo necesitamos ser escuchados, comprendidos, acompañados, abrazados… por nosotros mismos en primer lugar. Y machacándonos y culpándonos solo conseguimos el efecto contrario. 

3) La importancia de aceptar y abrazar nuestras debilidades, flaquezas, nuestro caos.

4) Abandonar el control rígido sobre lo que debemos ser, sobre lo que ha de suceder… Soltar y fluir.

5) El amor todo lo cambia, también el propio, tan denostado, infravalorado y poco practicado.

Hasta aquí la reflexión intensa de hoy. Ojalá, estés o no atravesando por algún tipo de bloqueo, encuentres aquí algo que consideres útil o interesante. Si te apetece conversar sobre este tema, compartir o comentar algo, me encantará leerte abajo en los comentarios.

Gracias por tu tiempo y atención, un fuerte abrazo y feliz día,

PS1: por si ha quedado un hilillo de tristeza colgando de mi correo, te digo que mi niña interior está ya recuperada. Ya sabes cómo son los niños, lo olvidan todo pronto y con la atención que necesitan, un abrazo y mucho cariño, vuelven a sonreír y a contagiar ese especial brillo en los ojos. 😉 

Imagen de Free-Photos en Pixabay

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