De ficción y silencios

¡Hola! Si seguías este blog, lo primero que deseo es disculparme por haber estado tanto tiempo sin publicar. Recordando aquella letra de Silvio Rodríguez en “La maza”, “Si no creyera en mi sonido, si no creyera en mi silencio…”, a veces necesito confiar en mi silencio con el mismo brío que en las palabras y reflexiones que decido compartir, y la verdad es que el confinamiento me impulsó a un tiempo de reflexión necesario para ordenar el revuelo de pensamientos y emociones. Podría decir que las primeras semanas no escribí nada, pero en realidad sí que lo hacía, de esa manera en que se escribe cuando no se tiene el lápiz ni la pluma entre las manos ni se está delante del teclado. He escrito mientras leía y releía páginas sanadoras; mientras devoraba maravillosas películas; mientras construía hogar y atesoraba momentos familiares con atención plena… He escrito mientras observaba la vida pasar más lenta que nunca; mientras luchaba por comprender cómo me sentía; mientras reflexionaba sobre todo lo que ocurría y leía lo que escribían otros… He escrito mientras me sumergía, sin demasiadas exigencias, con un mimo especial, en mis profundidades; mientras compartía momentos, aunque a distancia, con las personas que quiero y les daba mi cariño y me reconfortaba con el suyo… Y también he escrito mientras cocinaba y escuchaba música y bailaba y pintaba y hacía manualidades y dibujos con posos de café… Y, al fin y al cabo, he escrito viviendo, como no puede ser de otra manera. Hasta que un día, todo lo construido mientras no escribía con el lápiz ni la pluma ni el teclado delante empezó a brotar como un torrente y comencé a llenar algunas páginas.

De esta experiencia ha surgido, por ejemplo, un experimento que estoy compartiendo en redes sociales, la historia de Ana y Rodrigo, que explicaba así en Facebook hace unos días:

No siempre nos resulta fácil entender, comprender, llevar a la práctica eso que tan bien sabemos en la teoría. Tampoco suele ser fácil reconocer a tiempo las sutilezas que consiguen que vayamos firmando rendiciones en nuestras vidas sin apenas ser conscientes de ello. Hasta que un día, al abrir los ojos, entendemos que toca mirarnos al espejo y decirnos unas cuantas verdades. Como un regalo en forma de epifanía, vemos con claridad lo mucho que nos hemos alejado de esa vida con la que un día soñamos o, lo que es peor, que ya ni sabemos qué era aquello con lo que soñábamos. Y comprendemos que ya no es posible seguir refugiándonos en el manto cómodo de las excusas; mantener nuestra tristeza bajo ese disfraz violento de la ira que dispara contra todo y todos. Toca coger las riendas, cambiar el rumbo, empezar de nuevo en lo que haga falta y cuantas veces sea necesario. Justo esto es lo que ocurre a Ana, la protagonista del relato que estoy publicando en redes sociales por pequeñas entregas, un experimento totalmente espontáneo que surgió el otro día, de repente. Lo podéis seguir en la página de Facebook Berta Carmona Fernández y también en Twitter.

Y he aquí por qué no he publicado nada en el blog desde marzo, pero he vuelto, con ganas, hasta que sienta de nuevo la llamada del silencio, ese refugio en el que siempre encuentro calma o respuestas.

Image by Susan Cipriano from Pixabay 

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