Las narrativas del fracaso

Hace unas semanas vi Luna de Avellaneda. Llevaba más de una década esperándome en una estantería aún con su envase original sin alterar. ¿Os pasan a vosotros esas cosas? Libros, películas, música… a los que llegáis tras atravesar diversos vericuetos, tras elegir caminos equivocados y reconducir los pasos. A mí me ocurre mucho, sin ir más lejos hace unos días confesaba en redes sociales mi emoción al terminar Fahrenheit 451, un libro que conocía bastante, pero que hasta ahora (tarde, de nuevo), no me había dado el gusto de leer y disfrutar, ¡un imprescindible, sin duda!

¿Por qué no habré visto yo antes esta peli?, me preguntaba, ¡me hubiera venido tan bien! Es engañosa esta reflexión, claro, no puedo saber cómo me hubiera influido en el pasado, si hubiera calado en mi forma de entender la vida por entonces, si hubiera sintonizado con mis inquietudes del momento… No, definitivamente no tiene sentido, no es sano ni útil plantearse así estas cuestiones.

Tras ver la película comencé a pensar en lo que he llamado la narrativa del fracaso, a reflexionar sobre lo importante que es plantearnos qué hay detrás de las palabras que utilizamos, con qué realidades las asociamos, qué significados les atribuimos… Porque ya lo dijo García Márquez, «la vida no es la que vivimos, sino cómo la recordamos para contarla», y mucho antes Epícteto, «No nos afecta lo que nos sucede, sino lo que nos decimos acerca de lo que nos sucede».

Román, el protagonista de la historia, se nos presenta como un hombre en aparencia «derrotado», en «decadencia», que ha de afrontar diversos ¿«fracasos»?: problemas en su matrimonio, dificultades importantes en el club social por el que lucha, escasez de recursos económicos (tras la crisis de Argentina en los primeros años del 2000)… Y entrecomillo estas palabras por dejar abierta la interpretación que cada uno puede hacer de la historia que vamos conociendo: esas complejidades del día a día en relación con la profundidad del personaje, sus objetivos, los valores que le sostienen, el respeto por su pareja, la dignidad de su lucha, sus esfuerzos, etc.

Me interesa especialmente, en la parte final, los discursos que hacen Román y Alejandro en una asamblea extraordinaria que se organiza para salvar el club. Su confrontación representa a la perfección dos maneras opuestas de entender la vida: Román es un hombre humilde, defensor de valores humanos, luchador…; Alejandro trabaja en el ayuntamiento, tiene un perfil político, de una corrección exagerada que despierta muchas reservas. Uno pelea cada minuto que tiene libre por un espacio en el que cree, entre otras cosas, como fuente de integración social, para fomentar unos valores afectivos, de solidaridad y cooperación; el otro se centra en los intereses meramente económicos. Hay una escena preciosa, lenta, en la que Román ve cómo baila la niña que cruza el río, la niña que no puede pagar la cuota, y que luego cita en su discurso apelando a eso tan incuantificable que es la felicidad. Porque esa niña es feliz bailando, sin importar los resultados, adónde llegue…; la felicidad como fin, ¿no da eso, acaso, valor a una vida?, ¿no es por sí sola suficiente?

Otro tema muy bien abordado en esta parte es el de la dignidad, ¿no es digna a caso una vida como la de Román? Ay, la dignidad de las luchas «pequeñas», no por ello menos nobles, menos grandiosas. Y de nuevo enlazamos con la narrativa, ¿desde qué perspectivas nos enseña la sociedad a entendernos, a juzgar el significado de nuestras trayectorias? La tiranía de lo económico frente a todo lo demás. La competencia por los resultados frente a la satisfacción propia de hacer lo que uno cree, lo que uno considera…

Y me acuerdo en este punto de la novela Stoner, de John Williams, esa preciosa historia de una vida sencilla, y a la vez tan llena de complejidades, de equivocaciones, de resignaciones y esas pequeñas grandes luchas cotidianas… Y, para terminar, enlazo con el cuento El hombre que plantaba árboles, de Jean Giono, un texto que ejemplifica con suma claridad y sencillez la bondad desinteresada, lo que, en palabras de su autor, podría resumirse en constancia, grandeza del alma y abnegada generosidad. Porque no todos los éxitos se miden por seguidores en redes sociales, por «Me gusta», por cifras en una cuenta bancaria, por popularidad, por salir en la televisión o cualquier medio de comunicación… Porque en estos momentos, como en ese maravilloso poema de Borges que es Los justos, hay personas preciosas que con sus pequeños gestos están cambiando el mundo. Porque hay muchos tipos de éxito que no hacen ruido, pero dignifican la existencia. Porque hay «fracasados» a los ojos de una sociedad enferma que son baluartes de ciertos valores que nunca deberíamos perder.

Y quizá sean más que necesarias historias de este tipo que nos aporten modelos, referentes, distintos a los que nos ofrece la sociedad, el capitalismo perverso; historias que nos ayuden a contarnos de una manera más indulgente, a dignificar nuestras luchas; historias que quizá contribuyan a borrar la palabra fracaso en nuestras narrativas.

Si has llegado hasta aquí, gracias por tu tiempo y tu atención. Si conoces algún libro o película que pueda ser de ayuda para confrontar estas narrativas de fracaso a las que aludo, me encantará leerte abajo en los comentarios. Si te parece interesante, ¡por supuesto que puedes difundir! Gracias.

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