Cómo cambiar mi vida

Entre 100 y 1000 personas buscan todos los meses en Google «Cómo cambiar de vida», «Cómo cambiar mi vida», «Quiero cambiar mi vida» y varias consultas similares. Llegué a este dato mientras pensaba cómo titular (de una forma más amigable para dicho buscador) la publicación que leerás a continuación, que ya envié la semana pasada a mis suscriptores.

Cuando el día a día nos pesa demasiado, cuando sentimos que el desasosiego o el hartazgo se extienden por ahí dentro como una plastilina pegajosa, anhelamos descubrir una fórmula mágica que disuelva el malestar, que realmente funcione, que consiga que las cosas cambien. Pero ¿esto existe? No sé qué opinas tú, pero mi conclusión, tras reflexionar y leer mucho, tras probar múltiples recursos y herramientas, tras, al fin y al cabo vivir, es que se trata de un trabajo constante, arduo a veces, apasionante, otras, pero que en cualquier caso exige nuestro compromiso y perseverancia día a día.

Pensar algo diferente a esto es mentirnos. Un engaño muy perjudicial porque nos condena a una postura victimista que está en el origen de muchos de nuestros bloqueos. Creemos que las cosas deberían ser diferentes, que ya nos toca que algo vaya a mejor, que la vida parece cebarse con nosotros (puedes escribir aquí la que sea tu queja más recurrente) y esperando a ese cambio del destino que nos favorezca, nos quedamos parados, refugiados en la calidez de unas lamentaciones en las que nos sentimos cómodos y protegidos. Incluso le confesamos a Google lo que no le decimos a muchos amigos ni familiares, ese «Quiero cambiar mi vida», quizá con la esperanza de que nos devuelva, en forma de un artículo o vídeo, esa respuesta mágica que de verdad nos ayude.

Pero lo único que logramos es recopilar contenido, dudar más, bloquearnos más, paralizarnos más…

Entonces, ¿qué es eso que siempre funciona cuando necesitamos una transformación, un giro, cambiar de vida?

La acción. Actuar. Pero no luego ni mañana ni cuando estemos más seguros o motivados. ¡Actuar ahora! Saltando por encima de las excusas a las que nos aferramos, por encima de los miedos que nos paralizan, desligándonos de esas cadenas y etiquetas que tanto nos lastran.

Porque cada vez que nos quedamos atrás del miedo y no hacemos lo que sabemos (o sentimos) que deberíamos hacer, nuestra autoestima se resiente. Mientras que cuando vamos allá, con todo lo que pesa, con todo lo que duele, con todo lo que empaña… nuestra satisfacción interior aumenta, nuestro autoconcepto se consolida infundiéndonos fuerzas para el reto siguiente. Se genera así un efecto bola de nieve que engorda cada vez más hasta liberar una energía que nos hace capaz de lograr todo lo que nos propongamos.

Por eso he llegado a creer en la acción casi como una religión. La acción como solución para muchos de nuestros problemas: en las relaciones, ante los bloqueos, para superar una baja autoestima. ¡Ojo!, sé que no es fácil, yo misma llevo sobre mí el peso de temores y fantasmas forjados y engordados durante años. Yo también estoy escribiendo esto a pesar de las dudas y a pesar de esa voz que me invita a quejarme de mi tendencia a la parálisis por análisis: a pesar de las exigencias y la autocrítica severa sobre todo lo que escribo; a pesar de una promesa de esperar a mañana, a ese yo futuro que podría ser más fuerte, más seguro, que podría estar más motivado que mi yo de ahora.

Trampas y mentiras que no son más que refugios frente al miedo. Un miedo que nos va devorando poco a poco en cada batalla ganada. Un miedo con el que debemos aprender a convivir porque siempre va a estar ahí. Pese al cual hay que seguir dando un paso detrás de otro, con ACCIÓN.

Actuar, por tanto, es, la única fórmula mágica, si es que estas existen, que en mi opinión siempre funciona cuando queremos lograr algo, ya sea un objetivo concreto y asequible, ya sea algo tan grande como cambiar de vida.

Actuar a pesar de las dudas, del dolor, del miedo.

Actuar pese a todo, desde el compromiso con nuestros valores, nuestro proyecto personal y nuestras metas.

Actuar para, independientemente de los resultados, aprender y hacernos mejores a través de la experiencia.

Siempre presente esa frase de Susan David que ya compartí en uno de estos correos a mi lista: “La valentía es el miedo andando”. Vamos, valiente. ¡Claro que puedes! Que ese sentimiento de poder y control sobre tu vida nunca te abandone, ¡que lo irradie todo!

P.S.1: “No me acuerdo de lo que es jugar sin dolor». Rafa Nadal. A veces pensamos que para los demás todo es más fácil, pero todos tenemos nuestras cadenas y nuestras dificultades. Lo único que nos diferencia es qué hacemos con ellas, cómo decidimos actuar a pesar de todo.

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