Sentirse mal

No pasa nada por sentirse mal.
No pasa nada.
Escuché esta frase, aparentemente sencilla, en unos dibujos infantiles que veía mi hijo hace unos días. Y, a pesar de estar yo en mis faenas, algo en mí se activó y volví la cabeza hacia el televisor, en el que pude ver cómo un personaje le decía a otro que no tenía que ocultar que se sentía mal, que, si necesitaba ayuda, debía pedirla; si sentía miedo, debía expresarlo, pues no siempre podemos ni tenemos que ser fuertes…

¡Qué importante lección! Me dejó pensativa gran parte de la tarde. Quizá porque precisamente ese día yo también me sentía mal.
A veces, desde que nos despertamos podemos percibir cómo las emociones negativas revolotean traviesas a nuestro lado, y no pasa nada.
No pasa nada por estar tristes, cansados, nostálgicos, desencantados…
No pasa nada por reconocer que el equilibrio se resiente, que las piezas del puzle dejan de encajar…
No pasa nada, en serio, por afrontar con entereza nuestras debilidades y reconocer que nuestras fuerzas, también a veces, flaquean.

La tristeza es un buen termómetro de esos males que nos invaden desde dentro, y cuando la temperatura aumenta conviene levantarnos la piel y mirar todo lo profundo que se pueda, sin miedo, indagar en ese interior que tanto descuidamos, escondemos y tapamos, y preguntarnos qué puede estar yendo mal.

Y esto no quiere decir que nos dejemos vencer por la negatividad ni permitir que nos bloquee y tome el control. De eso nada. Que quede bien claro quién manda aquí. Nada de hundirnos ni de abonar la tristeza y contemplar cómo crece… ¡Prohibido!

He aquí la importancia del aprendizaje emocional, de adquirir desde edades bien tempranas herramientas que nos permitan controlarlas. Y seguir luchando por la alegría, como aquella trinchera que decía Benedetti, sonriendo para atraer sonrisas, convencidos de la utilidad del optimismo y de su eficacia para alzar el vuelo…. ¿Acaso existe algo más práctico?

Y, mientras, si algún día nos sentimos mal, no pasa nada, en serio. Aunque algunos se empeñen en vendernos la felicidad enlatada y falsas alegrías al peso, aunque la sociedad se obceque en un postureo enfermizo y se afane en retocarlo todo… La tristeza también forma parte de nosotros y es, al igual que el resto de emociones, útil y necesaria.

Texto de Berta Carmona Fernández

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